Citas

Citas del libro: Inmigración y el futuro de Estados Unidos de América: Renovando el alma de nuestra nación

La inmigración se trata de algo más que inmigración. Siempre ha sido así. La pregunta sobre inmigración es una pregunta acerca de Estados Unidos. Sobre nuestra identidad nacional y destino. ¿Qué es Estados Unidos? ¿Qué significa ser estadounidense? ¿Quiénes somos como pueblo y hacia dónde nos estamos dirigiendo como nación? ¿Cómo será el “futuro de Estados Unidos”? ¿Cómo debería ser el futuro de Estados Unidos?

Estamos hablando de almas, no de estadísticas. Estamos hablando de familias. Estamos hablando de padres y esposos que, sin previo aviso, no llegarán a casa a cenar esta noche y quienes podrían no volver a ver a sus familias en al menos una década. Estamos hablando de mujeres que repentinamente se quedan como madres solteras para criar a sus hijos en la pobreza. Estamos hablando de una política de estado que como resultado, convierte a muchos niños en “huérfanos” virtuales, pues terminan siendo criados en las calles o en hogares de crianza temporal.

El compromiso católico con el inmigrante… forma parte de nuestra identidad original como creyentes. En palabras simples: cuidamos al inmigrante porque Jesús nos ordenó hacerlo. Los católicos deben defender a los inmigrantes para ser dignos de ser llamados cristianos.

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La mayoría de las veces, casi todos los argumentos en medio de este debate público están motivados por ideales patrióticos e interés por el bien común. Pero hay un trasfondo constante que no puede confundirse y que es movido por el miedo y también, tristemente, por el chauvinismo. Muchas personas, incluyendo muchos buenos cristianos, están diciendo cosas que saben que no deberían decir respecto a una categoría de hombres y mujeres a quiénes nunca les han hablado, pero de quiénes han hablado. Una categoría de personas que han reducido a un enemigo abstracto al que identifican como “ilegales”.

Hoy en día, casi todos nosotros somos inmigrantes de sangre. Pero… nuestro compromiso con la inmigración es una obligación de nuestro espíritu nacional que debe renovarse en cada generación. La identidad de Estados Unidos y nuestra relación con las demás naciones dependen de nuestra actitud hacia la inmigración. Si damos la espalda a nuestra historia, si abandonamos lo que él llamó nuestros “viejos principios”, entonces algo en el espíritu estadounidense habrá muerto.

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La historia [de Estados Unidos] es importante en nuestros debates actuales porque nos recuerda que antiguamente fuimos una nación de inmigrantes, que fuimos una nación fundada por misioneros. Dos siglos antes de que nuestros documentos fundacionales fueran escritos en inglés, ya había inmigrantes aquí, rezando y predicando en español… Pero lo que necesitamos tener presente en nuestro debate de inmigración es que la presencia hispana tiene profundas raíces

en este suelo. Mucho antes de que Estados Unidos tuviera un nombre, mucho antes de que existiera un Washington D.C. o un Wall Street, esta tierra era española y católica. Doscientos años antes de que naciera cualquiera de los Padres Fundadores, los habitantes de esta tierra ya estaban siendo bautizados en el nombre de Cristo. Antes de ser llamados estadounidenses, eran llamados cristianos. Y fueron llamados con ese nombre, por primera vez, en lengua española.

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Nuestro estatus [católico] en la vida pública estadounidense nos da una obligación: estamos llamados a renovar el alma de nuestra nación a imagen de sus creencias fundacionales… Nuestra crisis de inmigración es una crisis de identidad nacional y de propósito. Nuestra nación fue fundada por misioneros para ser un “Nuevo Mundo” que reflejara el plan benévolo de Dios para la historia humana. El lema escogido por los fundadores de Estados Unidos refleja esta misma idea: Estados Unidos como un nuevo orden de los tiempos, Novus ordo seclorum. Debemos ayudar a nuestros semejantes a ver a los inmigrantes que están entre nosotros a la luz del legado misionero e inmigrante de Estados Unidos.

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Jesús nunca hizo distinciones entre aquellos que “ameritan” nuestro amor y aquellos que no. Él nos dijo que Dios hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia a justos e injustos. Por tanto, no podemos escoger amar a algunos y no amar a otros. No podemos justificar el demostrar menos compasión por aquellos que no tienen los documentos apropiados. Jesús dijo “fui extranjero”. Él no distinguió entre legales e ilegales. De hecho, nos alentó a encontrarlo en aquellos que están en las situaciones más penosas, y que más nos incomodan, incluyendo los extranjeros y los criminales en la cárcel.

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Por nuestra inacción política hemos permitido que una numerosa subclase de personas crezca a los márgenes de nuestra sociedad. Hemos creado una situación en la cual millones de hombres y mujeres están viviendo una servidumbre perpetua, trabajando por salarios bajos en nuestros restaurantes y en el campo; en nuestras fábricas, jardines, casas y hoteles. Estos hombres y mujeres no tienen ninguna seguridad contra la enfermedad, la discapacidad o la vejez. En muchos casos, ni siquiera pueden abrir una cuenta de cheques u obtener una licencia de conducir. Prestan sus servicios como nuestras niñeras, pero sus propios hijos no pueden conseguir empleos o ir a la universidad porque sus padres los trajeron a este país ilegalmente.

El sueño de Estados Unidos no fue hecho para dejar a la gente viviendo en el limbo. Hay cientos de miles que están detenidos sin cargos o sin defensa legal en “centros de detención”. Otros tantos millones viven a sabiendas de que si hacen un movimiento en falso, pueden ser arrestados, arrancados de sus familias y encerrados en esas cárceles migratorias, o deportados inmediatamente.

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Debemos trabajar para asegurarnos que la reforma migratoria sea parte de una reforma más integral: un proyecto de renovación estadounidense, que tenga como objetivo formar una nueva identidad nacional y una cultura cívica dedicada a los valores universales de promoción de la dignidad humana, de la libertad y de la comunidad del bien. Necesitamos dar el siguiente paso para realizar el sueño de Estados Unidos.

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